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Biografia de Carlota Elliott

Carlota Elliott, nació en Clapham en 1789, el año de la Revolución Francesa. Este pueblo, a tres millas de Londres, con sus 1.000 habitantes, fue el hogar de numerosos Cristianos prominentes de aquel tiempo: Carlos Geant, Presidente de la Empresa India del Este; el Lord Teignmouth, antes Gobernador de India; Enrique Thorton, un próspero comerciante; Santiago Esteban, el abogado; y Guillermo Wilberforce, predilecto de la corte, orador Parlamentario, y libertador de los esclavos.

Todos eran miembros de la Iglesia Nacional y recibieron su inspiración del Libro de Oraciones y del ministerio de un Vicario piadoso, Jaun Venn, miembro de una familia distinguida. Carlota Elliott asistía a esa iglesia y escuchó la predicación del evangelio de Venn, pero tuvo poco significado para ella. El culto familiar en su casa la dejó fría. Nos cuenta de lo mucho que le gustaba la música sagrada, pero no llegaba a su corazón. Aunque era pensativa y ansiosa, no tenía la seguridad y el gozo que veía en su familia. Poco a poco se volvió apática.

La crisis en su experiencia sucedió en 1822 cuando acababa de cumplir los 30 años. Un invitado especial vino a su casa en Grove House aquel año -el Dr. César Malan, un ministro de Génova. Enseguida percibió que esta joven mujer estaba muy metida en cosas sociales, pero no tanto en las realidades espirituales. El Dr. Malan se decidió a hablar con ella, aunque una aproximación personal de este tipo entonces no estaba en boga. Pronto se presentó la oportunidad. Rogándole que confiara en él, le preguntó si era una Cristiana. La joven mujer se sintió profundamente ofendida; se levantó bien estirada, echó atrás su cabeza, y dijo al visitante que en lo sucesivo se preocupara de sus propios asuntos. El Dr. Malan se disculpó, y prometió orar por ella.

Pero Carlota no pudo borrar aquella pregunta de su mente: ¿Era ella una Cristiana? Aquella conversación permaneció en su memoria y la turbó por muchos días. Una quincena más tarde, ella y el Dr. Malan tuvieron ocasión, sin duda providencial, de encontrarse juntos en el jardín, y comenzaron a hablar el uno al otro. Disculpándose por su mala educación, Carlota dijo que había estado pensando bastante sobre aquella pregunta. “Me gustaría ir a Cristo,” dijo ella, “pero no sé cómo”, pensando que para ello tendría que hacer algo para ser más digna de Él. “Querida,” contestó el Dr. Malan, poniendo su mano sobre su hombro, “no necesitas preocuparte más sobre ello, ven a Él tal como eres.”

Aquella conversación y aquellas palabras llevaron al nacimiento de un alma, y al nacimiento de una canción.

Transcurridos 12 años, la familia se trasladó de Clapham a Brighton, para vivir con un hermano de Carlota casado, que era Vicario: el Reverendo Enrique Venn Elliott. Entonces el Sr. Elliott estaba muy ocupado estableciendo una escuela para hijas de clérigos. Pero Carlota no podía ayudar en esta obra de amor; estaba débil y enferma, ya desde su infancia, privada de realizar muchas actividades. Un día toda la familia había ido al bazar que estaban preparando con mucho interés para ayudar al fondo; y la frágil inválida la habían dejado sola en casa, acostada en un sofá, con su corazón triste, al no poder ayudar. Poco a poco se fue deprimiendo. ¿Por qué ella no podía hacer nada cuando había tanto que hacer? ¿Por qué era ella una carga cuando quería ser una ayuda? ¿La había abandonado Dios? ¿Era ella una desechada? Todo era tan decepcionante que aumentó su depresión.

En este momento crítico volvieron a su mente las palabras del Dr. Malan: “Ven a Él tal como eres.” Entonces regresó en su mente al principio, y su turbado corazón recobró la paz. Repentinamente una fuerte emoción le llenó y sintió el deseo de expresar su júbilo en palabras. Rápidamente tomó su pluma, y escribió estos versos, como llevada por un impulso divino.

Hacia el final del día, su cuñada entró para ver cómo estaba y para llevarle noticias del bazar. Leyó el himno y le pidió una copia. Así salió al mundo aquel himno de una silenciosa habitación, siendo de bendición para una multitud que solo Dios puede contar. Fue escrito cuando tenía 45 años.

Aunque pocas veces estaba libre de dolor, siempre estaba alegre, porque Carlota Elliot había llegado a darse cuenta de que la quietud de su habitación en su enfermedad sería su especial esfera de trabajo. Y desde este lugar oscuro, lejos del brillo de la publicidad, salieron mensajes cantados, que encontraron alojamiento en el corazón de multitudes en todo el mundo.

Al principio el himno fue publicado anónimo y circuló ampliamente. Un amigo, creyendo que sería una bendición para Carlota, se lo envió a ella, sin imaginar que era su composición.

El Rev. H. V. Elliott escribió, años más tarde: “En el curso de un largo ministerio espero que se me haya permitido ver algún fruto de mis labores; pero siento que mucho más se ha hecho solo por medio de este himno de mi hermana.”

Este himno ha sido usado por Dios de manera notable para consolar a muchos. Después de la muerte de Carlota Elliott, se encontró una caja entre sus posesiones que contenía unas 1000 cartas hablando de la ayuda espiritual que habían recibido a través de este himno. Ha sido usado más que ningún otro en las reuniones de Moody en Inglaterra.

Si el número de traducciones es un criterio excelencia literaria (y muchos así lo piensan), entonces este himno ha de ocupar el puesto más alto en cualquier lista de grandes himnos. Ha sido traducido casi a cada idioma, y se canta en todos los continentes.

Carlota vivió hasta la avanzada edad de 82 años, y murió en Brighton en la tarde del 22 de septiembre de 1871.

Compuso unos 150 himnos.

Una sobrina suya, Emily S.S. Elliott, 1836-97, también compuso himnos; entre ellos: “Tú dejaste tu trono y corona por mí”, C-98. ("Himnos dramatizados", Ed. Portavoz.)

Traducido al castellano por Tomás M. Westrup (1837-1909), que había ido con sus padres de Londres a México, cuando tenía 15 años. Construyeron un molino para hacer harina. En Monterrey entendieron el mensaje de la Biblia y cada uno empezó a testificar. Tanto él como su hijo Enrique, fueron usados por Dios para escribir y traducir centenares de himnos, publicando en una imprenta, que consiguieron, libros, tratados y un himnario de 3 volúmenes: "Incienso Cristiano".